jueves, 12 de diciembre de 2013

La trampa histórica: "España contra Cataluña"


Han salido a colación de la actualidad política, toda una serie de declaraciones que rozan el sacrilegio, en lo que a la Historia se refiere. A raíz de la venia nacionalista, desde la Generalitat se han adelantado una serie de foros y conferencias en los cuales algunos historiadores, más vendidos que un árbitro de cuarta regional, hablan de la guerra de sucesión como una "guerra nacional" contra Felipe V.

Lo peor de todo es que ellos mismos, si han abierto algún libro de Historia del nivel de la ESO, saben que es mentira. No me malinterpreten. Aquello de la “unidad de España” atenta contra el sentido común, que lo del “destino nacional” tampoco existe y que lo que de verdad debiera interesarnos es lo que ocurre a los nuestros. Y con ello quiero decir familiares y amigos.

Este artículo sólo trata puntualizar que no se debe falsear la Historia. Que todos intentan arrimar el ascua a su sardina, por supuesto. Pero de ahí a mentir deliberadamente, creando una idea no sólo equivocada, sino nociva para el conjunto de la sociedad por el hecho de haber encontrado un filón de votos, hay un gran trecho. Y para alimentar esa quimera, que da bastante éxito electoral, han ido surgiendo, con fondos de la Generalitat, toda una serie de conferencias, seminarios y ciclos que inducen a sus participantes a la idea de que La Guerra de Sucesión española (1700-1714) como una rebelión catalana y una represión sociocultural a la identidad nacional catalana. Y mienten deliberadamente.




Recientemente, en el Mercado del Born, en Barcelona, se han encontrado unas  ruinas que datan de este periodo. Bien, allí el presidente de la Generalitat, Artur Mas, dio un discurso alegando que dichas ruinas son el "símbolo de la resistencia heroica del pueblo catalán en defensa de sus libertades" y que "es también la imagen de constancia y esfuerzo a lo largo de la historia para garantizar la identidad, el autogobierno, las libertades y la justicia social de este país".

La Guerra de Sucesión no fue una guerra de liberación nacional, porque si existió nacionalismo, esto fue en el siglo XIX. Cincuenta años antes del conflicto, cuando las tropas del rey de España entraron en Barcelona, echando a los invasores franceses, fueron aplaudidas por el pueblo de Barcelona, como atestiguan las fuentes. La guerra de sucesión fue un conflicto exclusivamente político, que estalló porque al morir Carlos II de Habsburgo sin descendencia –era estéril debido a la consanguinidad de los reyes de la época –, hizo heredero al sobrino de Luis XIV de Francia, Felipe de Anjou, pensando en que de este modo, Francia no rompería en pedazos el imperio español a su muerte. Y Carlos, pese a ser algo lento de entendimiento, acertó.

En 1700 el pobre Carlos muere, y se comunica a Luis XIV que su sobrino es el heredero del imperio más extenso del mundo, por lo que invalida todos los tratos a los que había llegado con Inglaterra, Holanda y demás potencias que ansiaban repartirse el imperio español a los que habían llegado años atrás, cuando ya tenían claro que Carlos II además de lento y enfermizo, era estéril. Dicho esto, no pasó nada, inmediatamente. Pero con una falta total de tacto, Francia comenzó a invadir territorios holandeses y a provocar al resto de potencias, que pensaron que ya era suficiente la paciencia que habían tenido con el francés: Apoyan al pretendiente Habsburgo, el archiduque Carlos al trono de España , y se forma una Gran Alianza tras la firma del tratado de La Haya, integrada por Provincias Unidas, Gran Bretaña, Saboya, Portugal, Austria y Hannover, inaugurando una guerra que llega a la Península por la invasión de las tropas del pretendiente Habsburgo, allá por 1706, que toma Barcelona y por eso se convierte en su “capital” durante el tiempo que dura la guerra. Pero rápidamente intentará entrar, y entrará, en Madrid, por lo que en ningún momento pretende convertirse en rey de los catalanes. Sino del trono español. No amigos, no. No es una guerra de los catalanes contra el resto de España.

De hecho, si atendemos a las consecuencias de aquella guerra conviene aclarar que los que realmente tendrían que estar muy cabreados son los valencianos a los que en 1707, Felipe V retiró todos los privilegios y como castigo, ordenó echar sal a los campos para que no creciese allí ni un matojo en decenios. Con Cataluña no ocurrió nada. Y es que “el animoso” era bipolar, y lo de Valencia le pilló en un mal día, mientras que con Cataluña debió de estar mucho más animado.

Como hemos visto, se trata de un conflicto político internacional. De hecho, prueba de que los reinos y territorios se intercambiaban como calles del Monopoly entre los reyes y emperadores es que cuando acaba la guerra, Austria, en compensación por la pérdida de España y América se queda con los Países Bajos españoles, Nápoles, Cerdeña y Milán, el duque de Saboya se queda con Sicilia y en 1718 lo intercambia por Cerdeña, mientras que Gran Bretaña se queda con Gibraltar y Menorca. Como si se tratara de cromos.

El nacionalismo no se ve por ninguna parte, ni la guerra de liberación, ni demás exquisiteces que nos dejan los políticos. El problema es que cuando se busca construir una identidad se tiende a encontrar un precedente histórico, y como no lo hay, han optado por inventarlo. Es lo mismo que cuando en la España de Franco se hablaba de Viriato como un protoespañol mártir de la conquista romana, del Cid Campeador como un patriota español de pro, o que los reinos cristianos del Medievo buscaban la unidad de España, ignorando que en multitud de ocasiones se aliaban con los moros para atacarse entre sí. Que no hombre, que con esto no hay debate.

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