Han salido a colación de la actualidad política, toda una
serie de declaraciones que rozan el sacrilegio, en lo que a la Historia se refiere. A
raíz de la venia nacionalista, desde la Generalitat se han adelantado una serie de foros
y conferencias en los cuales algunos historiadores, más vendidos que un árbitro
de cuarta regional, hablan de la guerra de sucesión como una "guerra
nacional" contra Felipe V.
Lo peor de todo es que ellos mismos, si han abierto algún
libro de Historia del nivel de la
ESO , saben que es mentira. No me malinterpreten. Aquello de
la “unidad de España” atenta contra el sentido común, que lo del “destino
nacional” tampoco existe y que lo que de verdad debiera interesarnos es lo que
ocurre a los nuestros. Y con ello quiero decir familiares y amigos.
Este artículo sólo trata puntualizar que no se debe falsear la Historia. Que todos
intentan arrimar el ascua a su sardina, por supuesto. Pero de ahí a mentir
deliberadamente, creando una idea no sólo equivocada, sino nociva para el
conjunto de la sociedad por el hecho de haber encontrado un filón de votos, hay
un gran trecho. Y para alimentar esa quimera, que da bastante éxito electoral,
han ido surgiendo, con fondos de la Generalitat , toda una serie de conferencias,
seminarios y ciclos que inducen a sus participantes a la idea de que La Guerra de Sucesión española
(1700-1714) como una rebelión catalana y una represión sociocultural a la identidad
nacional catalana. Y mienten deliberadamente.
Recientemente,
en el Mercado del Born, en Barcelona, se han encontrado unas ruinas que
datan de este periodo. Bien, allí el presidente de la Generalitat , Artur
Mas, dio un discurso alegando que dichas ruinas son el "símbolo de la
resistencia heroica del pueblo catalán en defensa de sus libertades" y que
"es también la imagen de constancia y esfuerzo a lo largo de la historia
para garantizar la identidad, el autogobierno, las libertades y la justicia
social de este país".
En 1700 el pobre Carlos muere, y se comunica a Luis XIV que
su sobrino es el heredero del imperio más extenso del mundo, por lo que
invalida todos los tratos a los que había llegado con Inglaterra, Holanda y
demás potencias que ansiaban repartirse el imperio español a los que habían
llegado años atrás, cuando ya tenían claro que Carlos II además de lento y
enfermizo, era estéril. Dicho esto, no pasó nada, inmediatamente. Pero con una
falta total de tacto, Francia comenzó a invadir territorios holandeses y a
provocar al resto de potencias, que pensaron que ya era suficiente la paciencia
que habían tenido con el francés: Apoyan al pretendiente Habsburgo, el
archiduque Carlos al trono de España , y se forma una Gran Alianza tras la
firma del tratado de La Haya ,
integrada por Provincias Unidas, Gran Bretaña, Saboya, Portugal, Austria y
Hannover, inaugurando una guerra que llega a la Península por la
invasión de las tropas del pretendiente Habsburgo, allá por 1706, que toma
Barcelona y por eso se convierte en su “capital” durante el tiempo que dura la
guerra. Pero rápidamente intentará entrar, y entrará, en Madrid, por lo que en
ningún momento pretende convertirse en rey de los catalanes. Sino del trono
español. No amigos, no. No es una guerra de los catalanes contra el resto de
España.
De hecho, si atendemos a las consecuencias de aquella guerra
conviene aclarar que los que realmente tendrían que estar muy cabreados son los
valencianos a los que en 1707, Felipe V retiró todos los privilegios y como
castigo, ordenó echar sal a los campos para que no creciese allí ni un matojo
en decenios. Con Cataluña no ocurrió nada. Y es que “el animoso” era bipolar, y
lo de Valencia le pilló en un mal día, mientras que con Cataluña debió de estar
mucho más animado.
Como hemos visto, se trata de un conflicto político
internacional. De hecho, prueba de que los reinos y territorios se intercambiaban
como calles del Monopoly entre los reyes y emperadores es que cuando acaba la
guerra, Austria, en compensación por la pérdida de España y América se queda
con los Países Bajos españoles, Nápoles, Cerdeña y Milán, el duque de Saboya se
queda con Sicilia y en 1718 lo intercambia por Cerdeña, mientras que Gran
Bretaña se queda con Gibraltar y Menorca. Como si se tratara de cromos.
El nacionalismo no se ve por ninguna parte, ni la guerra de
liberación, ni demás exquisiteces que nos dejan los políticos. El problema es
que cuando se busca construir una identidad se tiende a encontrar un precedente
histórico, y como no lo hay, han optado por inventarlo. Es lo mismo que cuando
en la España
de Franco se hablaba de Viriato como un protoespañol mártir de la
conquista romana, del Cid Campeador como un patriota español de pro, o que los
reinos cristianos del Medievo buscaban la unidad de España, ignorando que en
multitud de ocasiones se aliaban con los moros para atacarse entre sí. Que no
hombre, que con esto no hay debate.

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